A veces, sanar no significa únicamente conseguir que desaparezca un síntoma.
A veces, sanar significa comprender qué hemos vivido, qué hemos callado, qué hemos sostenido durante demasiado tiempo y, sobre todo, reconocer en qué momentos de nuestra vida hemos dejado de ser nosotros mismos.
Durante años he aprendido, tanto a través de mis pacientes como de mi propia experiencia, que el cuerpo puede convertirse en un gran mensajero. No porque toda enfermedad tenga un origen emocional —la salud y la enfermedad son procesos complejos y multifactoriales—, sino porque nuestra historia, nuestras emociones, nuestro sistema nervioso, nuestros hábitos y nuestra manera de relacionarnos con el mundo también forman parte de nosotros.
Y, por tanto, también merecen ser escuchados.
Cuando sentimos que nuestra luz molesta
Durante mi etapa universitaria viví experiencias que, con el paso de los años, fui comprendiendo desde otra perspectiva.
Tuve muchos reconocimientos académicos. Llegué a ganar un importante premio por un trabajo comunitario y científico entre estudiantes de Medicina de todo Brasil. Aquello debería haber sido vivido únicamente desde la alegría y la celebración, pero también experimenté situaciones difíciles que hicieron que, poco a poco, empezara a sentir algo que muchas personas conocen muy bien:
que quizá era mejor no destacar demasiado.
Como si mostrar plenamente quién eres pudiera incomodar a los demás.
Como si tuvieras que hacerte un poco más pequeña para ser aceptada.
Muchos años después, durante una formación en emprendimiento, pude reconocer con mayor claridad este patrón. Me pregunté cuántas veces había escondido partes de mí misma para no molestar, para no generar conflicto o simplemente para poder encajar.
Incluso durante mi trabajo en el ámbito hospitalario viví situaciones similares. Como médica y jefa de guardia, integraba en determinados contextos herramientas como la acupuntura dentro de mi práctica, siempre buscando ampliar las posibilidades de cuidado. No siempre era comprendida por otros profesionales, aunque los propios pacientes y sus familias valoraban profundamente ese acompañamiento.
Todo aquello me enseñó algo esencial:
no podemos vivir toda una vida intentando apagar nuestra luz para que los demás se sientan cómodos.
Parte del camino hacia la salud también puede consistir en recuperar el permiso para ser quienes realmente somos.
La enfermedad también puede convertirse en un camino de transformación
Mis propios procesos de salud me obligaron a detenerme y observar aspectos de mi vida que quizá, de otra manera, no habría visto.
No interpreto esto como que una emoción concreta sea necesariamente la causa de una enfermedad. Sería una simplificación excesiva. Sin embargo, atravesar una enfermedad puede convertirse en una oportunidad para revisar nuestra forma de vivir, nuestros límites, nuestras relaciones y aquello que nuestro cuerpo necesita.
Podemos preguntarnos:
¿Qué puedo aprender de este proceso?
¿Qué necesito transformar?
¿Qué parte de mí necesita ser escuchada?
Esta experiencia personal también ha influido profundamente en mi manera de acompañar a mis pacientes.
Después de casi veinte años trabajando como jefa de guardia en urgencias, conozco la enorme importancia de la medicina convencional y de comprender la complejidad clínica de los síntomas. Al mismo tiempo, mi formación y experiencia en Medicina Tradicional China y Medicina Integrativa me han enseñado a ampliar la mirada.
No se trata de elegir entre una medicina y otra.
Se trata de integrar.
De utilizar los recursos de la medicina convencional cuando son necesarios y, al mismo tiempo, acompañar la alimentación, los hábitos, el movimiento, el descanso, las emociones y otras dimensiones de la persona.
Incluso cuando un paciente utiliza medicación, podemos trabajar conjuntamente para mejorar su salud global. Cualquier modificación farmacológica debe hacerse cuando sea clínicamente apropiada y bajo supervisión del profesional responsable, respetando siempre el proceso y las necesidades individuales.
El tapping como ritual de presencia y liberación emocional
Una de las prácticas que personalmente utilizo dentro de mis rutinas de autocuidado es el tapping: una secuencia de suaves golpecitos acompañados de respiración, presencia y frases que ayudan a dirigir nuestra atención hacia aquello que queremos reconocer, soltar o cultivar.
Para mí, lo importante no es repetir las palabras mecánicamente.
Es sentirlas.
Podemos comenzar en la parte superior de la cabeza y recorrer diferentes zonas: arriba de la cabeza, entrecejo, sienes, región facial, surco nasolabial, mentón, zona inferior de las clavículas y axilas. También podemos integrar suaves golpecitos en distintas articulaciones y zonas corporales.
Mientras realizamos la práctica, podemos acompañarla con frases como:
Yo me amo y me acepto completamente.
Hoy decido dejar fluir.
Abro espacio para la creatividad y la luz en mi vida.
Libero aquello que ya no necesito sostener.
Hoy elijo vivir un gran día.
Y terminar con cuatro palabras que aprendí del profesor Hermógenes y que me acompañan profundamente:
Entrego. Confío. Acepto. Agradezco.
No tienen que ser exactamente estas frases.
Cada persona puede encontrar las palabras que necesita en ese momento.
El cuerpo entero puede participar
Esta práctica puede integrarse con otras rutinas inspiradas en el autocuidado y en las tradiciones taoístas: masajear las orejas, movilizar suavemente el cuerpo, realizar pequeños golpeteos, respirar hacia el Dan Tian inferior o simplemente permanecer unos instantes junto a una ventana sintiendo el aire de la mañana.
También podemos llevar esa presencia a la ducha.
Muchas veces nuestro cuerpo está en un lugar mientras nuestra mente ya se encuentra varias horas por delante:
¿Qué tengo que hacer?
¿Saldrá bien?
¿Y si ocurre esto?
¿Y si sucede aquello?
Sin darnos cuenta, empezamos el día desconectados del único lugar en el que realmente podemos vivir:
el presente.
La propuesta es diferente.
Mientras te duchas, siente el agua.
Mientras respiras, siente la respiración.
Mientras movilizas tu cuerpo, habítalo.
No tienes que resolver toda tu vida antes de desayunar.
La mañana puede convertirse en un nuevo comienzo
La forma en la que comenzamos el día puede influir profundamente en cómo transitamos las horas siguientes.
Por eso me gusta pensar en estas pequeñas prácticas no como obligaciones, sino como rituales de regreso.
Regresar al cuerpo.
Regresar a la respiración.
Regresar al presente.
Regresar a nosotros mismos.
Habrá días en los que tendremos más tiempo y otros en los que apenas podremos dedicar unos minutos. Lo importante no es la perfección.
Lo importante es recordar que siempre podemos volver.
Y quizá una de las mayores formas de liberación emocional sea precisamente esta: dejar de luchar constantemente contra quiénes somos.
Dejar de escondernos.
Dejar de disminuir nuestra luz.
Escuchar nuestro cuerpo con respeto, reconocer nuestra historia y permitirnos ocupar nuestro lugar en el mundo.
Porque cuidar la salud desde la raíz no significa únicamente tratar aquello que duele.
También significa aprender, poco a poco, a vivir con más presencia, coherencia, libertad y verdad.
Entrego. Confío. Acepto. Agradezco.
Y vuelvo a empezar.